El 25º aniversario de la Mac

El 24 de enero se cum­plie­ron 25 años de la pre­sen­ta­ción públi­ca de la Macin­tosh, en un video de pro­pa­gan­da pre­sen­ta­do en el Super Bowl. No voy a rela­tar lo que mon­to­nes de sitios repi­ten sobre la Mac. Voy a con­tar que sig­ni­fi­có para mi.

Varios años antes, en 1978 si la memo­ria no me falla, comen­cé a tra­ba­jar en un ins­ti­tu­to del CONICET[1] que se había crea­do recien­te­men­te. Hacia fin de año con­ven­cí, no se como, al direc­tor del ins­ti­tu­to de que com­prá­ra­mos una compu­tado­ra. Me dijo: “Cóm­pre­la”, y me puse a ver que es lo que había, que no era mucho (y sal­vo Apple, creo que no exis­te nin­gu­na de las com­pa­ñías que en ese enton­ces ven­dían compu­tado­ras per­so­na­les). Recuer­do haber vis­to de Radio Shack, otra que se lla­ma­ba Sol, una de Oli­vet­ti que era una pro­ce­sa­do­ra de pala­bras. Hew­lett-Pac­kard cal­cu­la­do­ras pro­gra­ma­bles (no me refie­ro a las de mano). Un día, en la Facul­tad de Cien­cias Exac­tas y Natu­ra­les, un ami­go de Meteo­ro­lo­gía me mues­tra la compu­tado­ra que usa­ba. Ver­la fue enamo­rar­me. Era una Apple II+. Con el vis­to bueno del direc­tor del ins­ti­tu­to la com­pré a fines de diciem­bre. Cos­tó 12.500 dóla­res y por ese dine­ro reci­bi­mos una Apple II+ con 48 kiloby­tes de memo­ria RAM, dos dis­que­te­ras de 5 1/4″ de 120 kiloby­tes cada una, una impre­so­ra inmen­sa que solo impri­mía mayús­cu­las y un moni­tor chi­qui­to (blan­co y negro, por supues­to). En esa máqui­na los cálcu­los que mi com­pa­ñe­ra de tra­ba­jo y yo hacía­mos lle­va­ban 48 horas con­ti­nuas para obte­ner un solo pun­to. Por supues­to que podría­mos haber usa­do la compu­tado­ra de la Facul­tad de Inge­nie­ría (Cien­cias Exac­tas no tenía), pero si bien la velo­ci­dad hubie­ra sido subs­tan­cial­men­te mayor, el tiem­po de pro­gra­mar, per­fo­rar tar­je­tas, corre­gir pro­gra­mas, etc. que hubie­ra impli­ca­do jun­to con el tiem­po de trans­por­te de ir y vol­ver, hacían de la Apple una enor­me ven­ta­ja. El len­gua­je que usá­ba­mos era Basic.
Pasan los años y agre­ga­mos una dis­co rígi­do externo (10 megaby­tes, físi­ca­men­te muy gran­de, más de 4.000 dóla­res). Hacia fines de 1983, o prin­ci­pios de 1984 nos esta­ba que­dan­do chi­ca y había­mos vis­to una compu­tado­ra, Lisa, de Apple. Recuer­do que no me con­ven­cía el hecho de que si bien tenía 1 megaby­te de memo­ria, había una ofer­ta de reba­ja de pre­cio. Pron­to supe que era por­que había sali­do la Macin­tosh, que cos­ta­ba bas­tan­te menos. Tam­bién vi en los Primer número de MacWorldkios­cos de revis­tas el pri­mer núme­ro de la revis­ta Mac­World, y el núme­ro de febre­ro de la revis­ta Byte. Me entu­sias­mó, y hacia fines de 1984 o prin­ci­pios de 1985 con­ven­cí a mi padre que me rega­la­ra una, y acce­dió. Me com­pró una Macin­tosh de 512 kiloby­tes de RAM, con una dis­que­te­ra exter­na adi­cio­nal y una impre­so­ra Ima­geW­ri­ter, un rega­lo de 7500 dóla­res.
El impac­to fue inme­dia­to. De 48 horas por cálcu­lo baja­mos 10 horas y poco des­pués cam­bian­do el len­gua­je de pro­gra­ma­ción, 1 hora.
Ade­más la podía trans­por­tar a casa los fines de sema­na (aún ten­go el bol­so). Pero el impac­to mayor no fue compu­tacio­nal, fue el pro­ce­sa­mien­to de tex­to.
Has­ta ese momen­to escri­bía­mos nues­tros artícu­los con lápiz o lapi­ce­ra sobre papel. Des­pués se lo dába­mos a las secre­ta­rias del ins­ti­tu­to, y como era­mos los “últi­mos ore­jo­nes del tarro”, dos o tres sema­nas más tar­de los reci­bía­mos escri­tos a máqui­na, erro­res de orto­gra­fía inclui­dos. Lue­go venía rees­cri­bir, cor­tar las hojas y pegar­las en otras (cor­tar y pegar de ver­dad) e incluir lo rees­cri­to e inter­ca­la­do, enviar­las de vuel­ta a las secre­ta­rias, espe­rar dos sema­nas, etc.
Pero con la Mac, cam­bió todo. Escri­bía­mos en la compu­tado­ra (ini­cial­men­te en MacW­ri­te, lue­go en Word), impri­mía­mos, corre­gía­mos y en días ter­mi­ná­ba­mos lo que antes nos lle­va­ba sema­nas. Nun­ca más usa­mos los ser­vi­cios de las secre­ta­rias.
Tiem­po des­pués par­ti­ci­pa­mos de un con­gre­so cien­tí­fi­co don­de había pre­sen­ta­cio­nes tipo poster, en que en vez de hablar en una sala, se expo­nen los tra­ba­jos impre­sos en car­te­les y los con­cu­rren­tes leen los tra­ba­jos y con­ver­san con los auto­res. El nues­tro fue un éxi­to, no por el con­te­ni­do (de poco inte­rés para la mayo­ría), pero por como había sido impre­so. Al poder cam­biar el tama­ño de la tipo­gra­fía en for­ma tri­vial, pusi­mos un tama­ño bien gran­de para que pudie­ra ser leí­do cómo­da­men­te des­de una dis­tan­cia mayor a la habi­tual. Natu­ral­men­te la impre­so­ra podía impri­mir­lo.
Un par de años más tar­de me hice car­go, para un con­gre­so cien­tí­fi­co, de orga­ni­zar el libro de resú­me­nes y el calen­da­rio de even­tos. Una per­so­na con­tra­ta­da trans­cri­bió los resú­me­nes en archi­vos de Word. En una pla­ni­lla de Excel puse los nom­bres de los archi­vos orde­na­dos de acuer­do a como debían ir y gene­ra­ba un archi­vo de tex­to que lue­go impor­ta­ba a Word, que impor­ta­ba a su vez todos los archi­vos con los resú­me­nes. Una vez impre­so los ori­gi­na­les una impren­ta se encar­go de dupli­car el pro­gra­ma com­ple­to, de tal mane­ra que el día del con­gre­so se pudo entre­gar a cada con­cu­rren­te el pro­gra­ma[2].

  1. [1]Con­se­jo Nacio­nal de Inves­ti­ga­cio­nes Cien­tí­fi­cas y Téc­ni­cas (Argen­ti­na)
  2. [2]Lo des­crip­to es una sim­pli­fi­ca­ción de todo lo hecho. Lo con­cre­to es que pude hacer todo el tra­ba­jo (sal­vo la trans­crip­ción de los ori­gi­na­les) solo y a tiem­po. Sin la Mac hubie­ra reque­ri­do el tra­ba­jo de muchas otras per­so­nas.
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